No hay nada como pasarse horas ante una colmena de cristal, de las llamadas de observación, para que se te ponga el cuello en tortícolis, te entre una suprema modorra o simplemente te aburras.
Pero si logras vencer todo este marasmo, la colmena te enseña lo que es una sociedad como no lo hará ningún libro de sociología. Sin prejuicios internos, sin buenas o malas directrices de último momento. Todo fruto de una ley de la supervivencia, pulida, aseguran, durante más de 20 millones de años.
Las colmenas no funcionan todas igual, pero si se observa con ojo crítico hay dos componentes básicos para las diferencias, uno es el devenir genético (podríamos llamarlo el peso histórico) y otro el entorno y sus continuos cambios. A veces las previsiones de estos cambios.
La economía, que es a la vez básica y compleja. Constando de materiales de construcción como la cera, sanitarios con sus propóleos y de alimentos como la miel y el polen. Que aunque realmente está descripción es muy simplista, aquí nos sirve.
La economía es la ley de esta sociedad única y exclusivamente, la cual acaba marcando todos los demás acontecimientos como algo inexorable.
Cuando hay abundancia la colmena se vuelve básicamente trabajo. Su sonido y olor pueden ser interpretados como de alegría. Hay juventud, perfume, música, actividad; se crea un baby boom y se repara con propóleos y resinas la colmena. La reina canta más fuerte dia y noche y se eleva el número de zánganos consentidos hasta rozar lo inverosímil.
Por otro lado se baja la guardia. A la entrada, en la piquera, un escaso número de abejas hacen de policía, supervisando con poca eficiencia la llegada de obreras con miel y polen, claramente desbordadas.
Si el apicultor u otro ladrón quiere atacar sus reservas, éste es el momento.
En las épocas de calma, de lo comido por lo servido, de las que entran por las que salen. En esos, a veces meses, la colmena reduce más o menos su actividad interna dependiendo de sus reservas y de las previsiones a corto (época del año y estado de la futura floración) y a largo plazo.
Se reduce la zona de cría, la reina canta pero suavecito, todo es más discreto y a los zánganos no se les permiten las groserías y faltas de respeto y decoro de las buenas épocas.
Ahora se colocan, con una gran población y poco quehacer, muchas abejas en las fuerzas del orden para controlar, con mayor eficiencia y agresividad, las entradas y salidas al hogar común. Si no eres una obrera fácilmente identificable como de las nuestras, se te exigirá el salvoconducto de una buena carga de miel; si vienes de vacío, se te expulsará dejándote a tu suerte, o si se te considera un peligro se te matará; No importa tanto tu origen como lo que aportas.
Se rechaza cualquier aproximación de los claramente extraños con avisos inequívocos, en principio, si eres un mamífero te darán toques en la cara y si no cejas en el empeño te picarán y el olor de ese veneno hará de toque a rebato, y ¡pobre de ti!.
La regla cuando las cosas no van muy bien es que los de casa, aún siendo zánganos, sean permitidos. El peligro fácilmente identificable viene siempre del próximo. Porque no es tan raro observar el saqueo de las colmenas débiles por sus vecinas y esto dibuja una paranoia realista hacia la colmena de al lado más fuerte. Porque los de al lado siempre son los que nos roban.
Es, no ya frecuente, casi predecible en la colmena, que lleguen las vacas flacas. Entonces se va un paso más allá. Marcadas por la misma ciencia economía, tan de su gusto, las abejas empezarán a deshacerse de los zánganos. Si hace mucho frío no malgastarán su costoso veneno, simplemente sacaran a éstos del dulce hogar para que se congelen. Si hace calor les pondrán en medio de una bola hecha con sus cuerpos por las propias obreras, ventilada en el exterior pero sofocante en esa parte central donde los orondos zánganos se asfisixiran. O simplemente se les negará el acceso a la comida hasta su inanición. Lo que resulte más barato.
Entonces si hay poca comida y fuera hace un frío invivible. La colmena forma la piña. Ya no hay zánganos. Solo obreras y en el centro un tesoro que los humanos, sin criterio, llamamos reina, cuando realmente es la madre de todas.
¡Ay zánganos!
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