De como llego este sujeto a alcalde del barrio hay para varios libros.
Nuestro barrio es un crisol, sobre todo, de perfiles socioeconómicos. Están los de los chalets, alguno de lujo con más cámaras de vigilancia que el Kremlin y así descendiendo hasta el de un autónomo jubilado al que nadie se aclara como le llega para pagar las cuotas de la comunidad con la exigua paga que le ha quedado, y en cuanto a comer, todos piensan en que su suegra mantiene (viva) la familia.
Hay otra parte del barrio con casas de los que hace dos generaciones vivían del campo, hoy mayoritariamente trabajando en fabricas con mayor o menor suerte o provecho.
Y también los bloques de pisos de distinta economía y pelaje, donde del centro hacia el extrarradio están habitados por vecinos que en una deriva, raramente interrumpida, va desde ejecutivos triunfantes hacia vendedores de droga al menudeo.
¡Pues bien! Nuestro alcalde de barrio, a pesar de ser un hombre poco dotado por la naturaleza de signos que denoten cierta lucidez, salió elegido gracias a las continuas rencillas de los otros candidatos. Ni su trocito de lengua asomando casi continuamente, su nefasta dicción o ser un procrastinador renuente, le alejaron de un cargo del que la mayoría huía.
Y es que en nuestro barrio hay cuatro amigos de lo ajeno, eso sí, de cuello almidonado, que necesitaban un espantapájaros, con menos cerebro que el del Mago de Oz y si pudiera ser al que se le pudieran implantar cualidades humanas compradas en el chino de la esquina. Y que mejor que alguien que no poseyera ninguna. Ni orgulloso, ni especialmente honrado, ni afanoso, sin una pizca de empatía, esas debían ser sus cualidades. Alguien que dijera la chorrada más grande sin inmutarse ni intelectual ni moralmente.
A este dechado de insustancialidad, no tardaron en salirle críticos, está claro, pero también hubo algún facineroso que vio en él una mina de oro para atraer descontentos.
Y de aquí salió la idea de los perros. Pronto, sus protectores, aquellos beneficiarios de tanta estupidez, le empezaron a regalar perros.
Especialmente adiestrados, igualmente servían para salvar vidas, guiar rebaños, guarda o ataque.
Pero nuestro alcalde, como he expuesto, no se distingue por tener un campo de visión amplio y para él: un gato araña, un pájaro pica, un caballo cocea......y un perro... muerde.
Así que nunca le ves un detalle de cariño con los animalitos ni dedicarles un segundo de su tiempo. Su preocupación es que no le salgan caros y, sean de la raza que sean y aunque hayan tenido anteriormente otro adiestramiento, convertirlos en perros de presa.
Para lo primero, lo económico, puso comederos automáticos de raciones exiguas, jaulas pequeñas. Para todo lo demás una música psicológicamente muy elaborada que aumenta la docilidad para con quien aparece en esa foto que les es imposible dejar de ver mientras sale por los comederos la poca y peor de las comidas para perros del mercado. Y, como no, otra música para reforzar su agresividad, mientras les azuza el hambre y sus otras miserias.
El otro día, alguien le debió decir a nuestro preboste que era la hora de probar los canes. Más que otra cosa porque el grupito de los descontentos parece que quiere pasar a mayores.
¡Dios, que cruz!
Comentarios
Publicar un comentario